Pedro sostuvo cerca a Paula y trató de enfocar su vista en la tela de araña que colgaba en un rincón.
Era casi imposible. Su cerebro y su cuerpo se sentían como ruido de fondo, que realmente era decir algo teniendo en cuenta lo lleno de energía que había estado mientras esperaba a que ella llegara. Había estado preocupado de que pudiera no mostrarse y si eso ocurriera, no habría forma de que pudiera seguir su rastro hasta que la oficina estuviera abierta de nuevo. No tenía idea de cómo llegar a ella fuera del trabajo.
Entonces ella llamó al timbre y él había corrido hacia la puerta, sintiéndose como un niño en su primera cita.
Y cuando ella lo había abordado, se sintió como un rey.
Él siempre había sabido que sería así; cálida, abierta y sexy como el infierno. Sin timidez a la hora de acostarse y subir de tono. Al igual que cuando argumentaba un caso, daba el cien por cien en todo lo que hacía. Por suerte para él, llegó a estar en el extremo receptor de esa atención a los detalles.
Y él quería que se mantuviera de esa manera.
Pau se movió un poquito y fue suficiente para recordarles a ambos que su pene todavía estaba enterrado dentro de ella.
Sus bolas dieron un último tirón cansado y sus ojos se cerraron en alegría. Había pasado mucho tiempo desde que se había corrido así de duro y aún más desde que se había preocupado así de profundamente por la mujer con la que lo hacía.
—¿Pedro?
—¿Mmm? —Le acarició el cuello con la nariz.
—No tenías nada en la cocina, ¿verdad?
Gimiendo, él dijo:
—No, pero el horno está encendido para los palitos de pan.
Ella suspiró.
—Probablemente deberíamos ir a comprobar eso.
Fue el "nosotros" lo que le llegó. Había querido ser un "nosotros" con Paula Chaves desde hace varios meses.
Mirando hacia atrás ahora, pensó que sabía cuando esto le había golpeado.
Ella había estado de pie en la sala de descanso hablando con Charles de Entretenimiento y mientras se reía de algo que le dijo, ella se había encontrado con la mirada de Pedro y le guiñó un ojo.
En ese pequeño parpadeo de un ojo, él había caído con fuerza.
Ese pequeño guiño había dicho tanto. Era juguetón y cariñoso, y lo había calentado en el interior lo suficiente para saber que de todas las mujeres de su mundo, ella era con la que quería pasar su tiempo libre.
Deslizándose fuera de él con cuidado, Pau se puso en pie y se tambaleó un poco. Cuando él se levantó, le pasó lo mismo. Sentía las piernas como gelatina.
—Por Dios, Pau —dijo, riendo y apretándola cerca—. Me escurriste.
Su rubor era precioso y odiaba dejarla ir, pero tenía una cena por cocinar. Necesitaba hechizarla con más que sus habilidades en el dormitorio. Así que después de un rápido beso en la nariz, se dirigió hacia la cocina.
Alcanzando su gabardina en el camino, la puso en una silla del comedor y tomó nota de la etiqueta del equipaje.
—¿Paula Martinez? —preguntó mientras se quitaba el condón y lo tiraba.
Ella estaba enderezándose la falda y no levantó la vista.
—Mi nombre de Casada.
—No sabía que eras divorciada. —Él abrió el grifo y la observó mientras se lavaba las manos.
—No es algo que surge y no me gusta hablar de ello.
—Tan malo, ¿eh?
Pedro se secó las manos y luego se giró a encender el quemador debajo de la olla de agua ya lista.
—¿Quieres un poco de vino? ¿Una cerveza?
—Una cerveza estaría bien, gracias. —Pau se sentó en un taburete en el desayunador.
—No fue mal. Simplemente no fue bueno.
Él sacó un par de cervezas de cuello largo de la nevera, les desenroscó las tapas y puso una en frente de ella.
—¿Cuánto tiempo hace que terminaron?
—Un par de años. Debería haber sido antes, pero los dos éramos demasiado tercos para admitir que no estaba funcionando.
Alcanzando su mano, le dio un apretón.
—Odias renunciar. Es lo que te hace un maldito buen abogado.
—Gracias. —Sus ojos oscuros brillaron con calidez a su cumplido—. Tom y yo nunca debimos habernos casado.
Fuimos amigos en la universidad de derecho, nada más. Él era un jugador, nunca lo tomé en serio. Entonces de alguna manera terminamos juntos, y yo todavía no puedo averiguar cómo ni por qué.
—¿Amor?
—Así lo creí, pero realmente creo que lo hicimos sólo porque era "el momento", ¿sabes? Tom sentía que estaba en la edad en la que debería casarse. Todos sus colegas estaban casados y creo que él comenzó a sentirse un poco fuera de lugar.
—Puedo ver eso —admitió, apoyando los codos en la encimera de granito.
Arrugó la nariz y, de repente, le golpeó que acababa de estar dentro de ella, abrazándola, tocándola de la manera que él quería. Era la primera vez que podía recordar que no olvidó el sexo tan pronto como terminó. Follar a Pau era una adición a una relación ya establecida y no toda la razón para esta.
Ahora bien, si sólo pudiera cambiar su relación profesional a una personal. Tenía que admitirlo, por lo general trabajaba activamente para hacer justo lo contrario por lo que estaba fuera de su terreno.
—¿Los chicos tienen un reloj de matrimonio?
Él se echó a reír.
—¿Al igual que un reloj biológico?
—Sí.
—Creo que hay algo de presión de grupo después de un rato. Si tienes treinta y tantos y soltero, incluso las mujeres comienzan a pensar que debe haber algo mal en ti o bien una chica te hubiera atrapado. —Dándole la espalda, abrió la nevera y sacó los productos que había elegido para hacer una ensalada. Era un tipo simple. Espagueti, ensalada y palitos de pan eran casi lo más que podía hacer con confianza de que resultara sabroso—. Personalmente, no me importa lo que la gente piensa.
—Yo diría que eso es bastante obvio.
El humor en su tono le hizo mirar por encima del hombro.
Pau estaba sonriendo.
—Todo este asunto de la lista de deseos es realmente una mala idea, pero tengo que admitir que vale la pena con tal de verte vestido así.
—No te estás riendo de mí, ¿verdad? —Había estado un poco nervioso. Al igual que cualquier persona, no quería parecer estúpido frente a alguien con quién quería acostarse. Inclinado como estaba, sabía que ella tenía una vista completa de cada maldita cosa que tenía para ofrecer.
—No. —Su mirada era traviesa y caliente—. En realidad estoy muy impresionada contigo. Tienes suficiente confianza para usar eso. Yo sé que no sería capaz de hacerlo.
—En lo personal... —Se dio la vuelta con un montón de verduras, las cuales dejó en el mostrador—. Me gustarías con sólo el sombrero. Ese es mi deseo de Navidad.
—Ya sabes... —Sus dedos jugaban con su cerveza.
—¿Sé qué?
Ella suspiró.
—Realmente pensé que conseguir sacar el sexo del camino me haría sentir más cómoda.
—El sexo no está "fuera del camino" —replicó, sacando un cuchillo del bloque de madera al lado de él—. Sólo di lo que estás pensando. Yo soy el que está vestido sólo con un sombrero de Santa, un delantal y una sonrisa, así que no tienes razón alguna para ser tímida sobre nada.
—Gracias —dijo bruscamente, su mirada se centró en la etiqueta de la cerveza que estaba retirando de la botella—. No me importa por qué lo hiciste. No me importa si sólo deseas tener sexo. Me halaga que siguieras adelante con todo este problema.
Pedro se detuvo con su cuchillo a medio camino a través de un pepino y la miró fijamente.
—No fue ningún problema, Pau. Me gusta darte lo que quieres, me gusta verte sonreír.
Dejó escapar el aliento y jugueteó con su collar.
—¿Necesitas mi ayuda con alguna cosa?
No era propio de ella ser tan nerviosa o cambiar de tema porque se sintiera incómoda, lo que le indicó que ella no estaba manejando demasiado bien los acontecimientos de esa noche. Sabía que era mucho para tirarle: la fotografía, la lista de deseos, el sexo. Antes del intercambio del Santa Secreto no habían sido más que compañeros de trabajo distantes.
Ahora eran amantes.
Había tenido un par de meses para adaptarse a sus cambiantes sentimientos por ella. Ella ha tenido un par de horas.
Ella estaba pidiendo un poco de espacio y él no tenía ningún problema en dárselo.
—No, lo tengo cubierto. Ve a ver la televisión o algo así. No será mucho tiempo más.
—Está bien. Me voy a lavar las manos entonces.
Él hizo un gesto hacia el pasillo con un movimiento de la barbilla.
—La primera puerta a la derecha.
*****
La mirada de Pau se encontró con la de Pedro durante un largo rato y supo que estaba en problemas. No tenía ese aire sobre él que decía: ¡Gracias por el polvo, te puedes ir ahora! No, su ambiente era muy acogedor y relajado. Y ella estaba cayendo como una tonelada de ladrillos.
De alguna manera atravesó el corto pasillo hasta el cuarto de baño, donde se apoyó contra el tocador y miró fijamente el espejo. La mirada vidriosa en sus ojos y el rubor en sus mejillas la hizo avergonzarse.
¡Maldita sea, ella no necesitaba esto ahora mismo! Una relación estaba completamente fuera de lugar en un buen día, pero enamorarse de un tipo que tenía escrito "temporal" por todas partes era simplemente estúpido. ¿No había aprendido nada en absoluto de sus años con Tom?
Al parecer, no.
Cuando terminara la cena, se iría a casa. Ambos habían conseguido lo que querían.
Había llegado el momento de reducir al mínimo los daños.
Para el momento en que Pau llegó a la casa de Pedro, estaba cruzando los dedos, comprometida a pasar un buen rato. Si iba a darse atracones, iba a darse el gusto. Punto.
Así que cuando sonó el timbre de la puerta y Pedro respondió usando nada más que un sombrero de Santa y un delantal que decía "Besa al cocinero", ella no lo dudó.
Dejó caer su mini-gabardina a sus pies y saltó hacia él.
—Mierda. —Él se tambaleó hacia atrás, sorprendido, pero se las arregló para cerrar la puerta de un empujón antes hacer su camino hacia el sofá más cercano. Cayeron en el sofá de cuero negro en un charco de hombre guapo semidesnudo y mujer determinada.
A horcajadas sobre él, Pau se inclinó hacia delante y le dio un beso duro y profundo. Su aroma le inundó sus sentidos y sus pezones se endurecieron en puntos adoloridos.
Pedro gimió.
Se sentó encima de la dura cresta de su erección, un signo evidente de que estaba tan listo como ella.
Excavando en el bolsillo de su falda de gasa ondulante, sacó un condón y se lo tiró en el pecho.
—Date prisa y póntelo.
Parpadeando hacia ella, Pedro farfulló:
—¿Sólo así? Zas, bam, ¿follemos?
—¿Te estás quejando?
—Diablos, no. —Cuando ella levantó las rodillas para levantarse la falda, él buscó a tientas el paquete de papel de aluminio con cómica prisa. Luego levantó la vista y quieto, su mirada se clavó entre las piernas de ella—. Oh rayos. Pau... No llevas bragas.
—Ups. Deben habérseme olvidado. —Se metió el dobladillo sobrante en la cintura elástica.
Dejando caer el condón, él se lamió los labios.
—¿En la lista de quién estamos trabajando aquí?
El calor depositado en los pesados párpados de él la hizo estremecer. Su sombrero de Santa estaba torcido, con el cabello oscuro cayéndole sobre la frente. Agregando el delantal, debería de haber lucido tonto. En cambio, se veía comestible. Sus brazos eran sexy como el infierno, la piel seguía teniendo los restos de un oscuro bronceado veraniego y bajo este los músculos estaban bellamente definidos.
—Ven aquí. —La orden fue emitida con una seductora voz ronca que hizo que se le pusiera la piel de gallina a pesar del crepitante fuego de la chimenea.
—¿Ir a dónde? —bromeó ella en voz baja.
—Ven a mi boca, dulzura. Quiero lamerte.
¡Oh, Dios Mío!
Se obligó a arrastrarse sobre él lentamente para no verse desesperada, Pau se arrodilló a horcajadas sobre su cabeza. Con una rodilla en el reposabrazos del sofá y la otra en el mismo borde del sofá, estaba abierta a lo largo, permitiéndole obtener a Pedro una vista sin obstáculos. Sus cálidas manos se deslizaron por sus muslos, su aliento soplaba sobre su sexo. Él apretó su culo. Ella gimió su emoción...
Y luego le lamió el coño en un lengüetazo deliberadamente largo.
Ella se aferró a la parte de atrás del sofá como un salvavidas y gimió.
Amasando el dorso de sus muslos, se acomodó para el festín, deslizando su lengua a través de su coño.
Hundiéndose en su interior. Encontrando todos los lugares que la hacían gritar y concentrándose allí antes de vagar para encontrar otro lugar. Y a continuación, volvía a acariciar de un lado a otro a través de su clítoris.
—No te corras demasiado pronto —murmuró mientras sus piernas comenzaron a temblar.
—¿Es una broma? —Se quedó sin aliento, sus caderas meciéndose en su apretada boca—. No seas tan bueno en esto.
Su sonrisa estaba llena de pura satisfacción masculina.
—Quiero estar follándote cuando te corras.
Se estremeció violentamente.
—Entonces es mejor que te des prisa con ese condón.
—Estoy listo cuando tú lo estés.
—¿Eh?
La sonrisa de Pedro era maldad pura.
—Supongo que estabas un poco distraída.
Al mirar hacia abajo al sofá, sus ojos se abrieron como platos. Se había levantado el delantal y envainado el objeto de sus fantasías tanto de día como de noche. Largo, grueso y arqueando hasta su estómago, su polla le hizo agua la boca. No es de extrañar que el hombre tuviera ese aire sobre él que gritaba "sé cómo follarte hasta volarte los sesos".
La foto no le había hecho justicia.
Ella tragó saliva y se trasladó a horcajadas sobre sus caderas. Él inclinó su pene hacia arriba, solícito. Con el pecho apretado y el corazón acelerado, Pau se detuvo justo encima de él. Era el punto de no retorno. Nada volvería a ser lo mismo entre ellos una vez que tuvieran relaciones sexuales.
¿Podría manejarlo? ¿Podría mantener la distancia que necesitaba?
—Pau.
Su mirada se disparó para encontrar la de él.
—¿Recuerdas tu lista? —El atractivo rostro de Pedro estaba ruborizado y sus labios estaban resbaladizos , pero a pesar de la mirada descaradamente sexual de él, sus ojos azules brillaban con apenas tanta compasión como lujuria—. Está bien tomar lo que quieres —dijo en voz baja—. Especialmente cuando se te es dado.
Ella respiró hondo. De repente, registró la música de fiesta tocando suavemente y el olor a pino del pequeño árbol sin decoración en la esquina. Si se fuera a casa, estaría sola en este momento. O podría pasar la noche con Pedro Alfonso.
Ella quería esto, lo quería a él. ¡Era Navidad, maldita sea!
Resbaladiza por el deseo, se sentó en él lentamente, tomando lo único que había pedido este año. Lo único que había pedido en muchos años. Ser tocada y sostenida. Ser querida.
—Oh sí —gimió él, sus manos acariciando a lo largo de sus muslos, su espalda arqueándose—. Dios, te sientes bien.
Pau se mordió el labio inferior mientras el lánguido deslizamiento continuaba. Su polla la llenó demasiado. El calor y la dureza de la misma le robaron el aliento. La maravillosa longitud y anchura... Cuando sus nalgas golpearon sus musculosos muslos y la cabeza de su polla golpeó profundo, el sonido que fue arrancado de ella fue crudo y necesitado.
—Te tengo. —La tranquilizó con voz ronca mientras se inclinaba sobre él, temblando. Le acarició la longitud de la columna vertebral, murmurando:—Levántate un poco... Ssh, te lo daré... Ahí mismo. Ahora no te muevas.
Sus caderas se levantaron, acariciando su coño con un empuje que quitaba el aliento.
—Pedro. ¡Oh, Dios mío! —Hundió la cara en su cuello, su coño daba espasmos alrededor de él.
Él bajó y se levantó de nuevo, follándola hacia arriba en sus codiciosas profundidades.
—¿Cómo se siente esto? —jadeó.
—Como si estuviera perdiendo la razón. —Ella levantó la cabeza y lo miró. El pecho de Pedro subía y bajaba con dureza contra sus pechos, haciéndola desear haberse tomado el tiempo para desnudarse para que pudiera sentirlo piel contra piel.
—Bien. No me gustaría ser el único. —Manteniendo sus caderas firmes, apresuró el ritmo, subiendo hacia arriba en un ritmo implacable, retirándose hasta que sólo la gruesa cabeza estaba en ella y luego sumergiéndose hasta las bolas con gruñidos primales.
Gimiendo en voz baja, agarró sus hombros y se preparó para el golpe de sus caderas contra las suyas. Se sentía tan bien... Olía delicioso...
Pedro habló entre dientes:
—No esperes por mí. —Puntualizó su orden con un empuje brutalmente duro que alcanzó a su clítoris en el lugar correcto.
Su orgasmo fue impresionante. Estaba paralizada, incapaz de moverse, cada célula de su cuerpo se centró en el murmullo de su coño a lo largo de la interminable longitud de su dura polla. Tiró de ella hacia abajo y luego la aplastó contra su pecho, gruñendo en su oído mientras se corría.
Sosteniéndolo, escuchó el latido violento de su corazón y los sonidos suaves de la música, y ella se sintió cuidada.
Por primera vez en mucho tiempo se sintió como Navidad.
Pau dejó la fiesta de la sala de conferencias en el momento en que Pedro fue atraído.
Tenía las próximas dos semanas de descanso. Si pudiera simplemente deslizarse fuera de la oficina, podría salir de esta situación mortificante.
Ella había tenido una sensación cuando tiró ese estúpido trozo de papel que debió hacer pedazos primero.
O quemarlo. Pero entonces, se había dicho a sí misma que sólo estaba siendo paranoica. La maldita cosa estaba en la basura.
¿Quién iba a verlo? Desde luego, Pedro no. Él no cavaba en los botes de basura. O eso es lo que había pensado.
Mientras aumentaba su temperamento, su paso se aceleró y llegó a su oficina en un tiempo récord.
Esto era ridículo. Esos eran garabatos privados realizados durante una reunión especialmente aburrida.
Ella no había sido capaz de concentrarse con Pedro sentado frente a ella y luciendo tan increíblemente guapo como siempre. En lugar de eso, había estado totalmente absorta mirando fijamente la pequeña parte visible de su muñeca al borde del dobladillo, piel oscura libre de vello junto al dorado de su reloj y el blanco de su camisa.
Ese pequeño destello de nada la había puesto caliente y húmeda entre los muslos.
Había algo acerca de Pedro Alfonso. Tal vez era la peligrosa belleza de su rostro.
O ese cuerpo alto y bien afinado. Tal vez era su inteligencia increíble y postura agresiva en la sala del tribunal. O tal vez era su trabajo sin cobrar para el Programa de Mujeres Abusadas... Mierda, no sabía por qué. Ella sólo sabía que su historial con las mujeres era una mala noticia y que ella ya había tenido suficientes malas noticias para toda la vida.
Gruñó. Esa maldita lista había sido una forma de terapia purgativa. Nada de eso nunca fue dicho literalmente. Aún así, mientras empujaba documentos en su maletín, agarró la caja plateada con la foto no apta para menores de Pedro y también la metió adentro.
—Feliz Navidad a mí —murmuró.
—Sólo estoy empezando —ronroneó una voz profunda en su oído. El delicioso sonido golpeó la parte superior de su espalda y luego se acurrucó hasta el fondo.
Con la boca abierta para protestar, ella se giró para mirar a su torturador.
Y se encontró capturada contra un cuerpo duro como una roca y besada hasta quedar sin sentido.
Al ser tomada con la guardia baja, para el momento en que su desconcertado cerebro descubrió quien la estaba abordando y lo que estaba haciendo, no quería que se detuviera. A medida que sus sentidos se llenaron del perfume del hombre excitado, las manos que empujaban contra los hombros de Pedro se deslizaron alrededor de estos en su lugar.
Dios, era bueno. Igual de exigente que de sensible. Sus labios eran cálidos, el interior de su boca suave. Sus manos se deslizaron entre su chaqueta y blusa, extendiéndose a cada lado de su columna vertebral y acercándola más.
Cuando su toque se deslizó más abajo para ahuecar su culo, el calor estalló y se le enrojeció la piel.
—No —susurró ella contra su boca.
Gimiendo suavemente en respuesta, Pedro inclinó la cabeza y profundizó su beso ya ahogante. Tiró de ella, robándole el equilibrio para que cayera en él. Aprovechando la ventaja, la levantó y la sentó sobre el escritorio, acuñando sus delgadas caderas íntimamente entre sus muslos. Al instante el latido que había comenzado en el momento en que la tocó se convirtió en un dolor que lo consumía todo.
—Pedro...
Su frente húmeda se apoyó en ella, sus jadeantes respiraciones caliente contra sus labios hinchados.
—Déjame darte lo que quieres para Navidad, Pau.
—Yo no te quiero.
—Mentirosa. —La mano de él se acercó y le acarició el pecho. Dedos expertos encontraron el pezón endurecido que la traicionaba. Besando su camino a su oído, le susurró:
—Apuesto a que estas cremosa para mí.
—¡Jesús, Pedro! —Ella se estremeció, pero no podía negarlo.
—Cerré la puerta...
—¿Estás loco? —replicó ella, alejando de un empujón su deambulante mano.
Pedro la agarró de las caderas, la atrajo hasta el borde de la mesa y colocó la dura longitud de su polla directamente contra su coño.
—Sí. —Él movió las caderas, empujando su clítoris a través de la suave tela de sus pantalones de vestir. Ella gimió.
—¿No sabes lo loco que estoy por ti?
—Estás loco por todas las mujeres.
—No —argumentó, empujando contra ella con mayor urgencia—. Me gustan las mujeres. Estoy loco por ti.
El dulce roce de su sexo en seco hizo que su coño tuviera espasmos de necesidad. Con el corazón acelerado y la respiración entrecortada, ella lo empujó débilmente.
—Deja de hacer eso... no puedo pensar...
—Piensas demasiado. —Él la mantuvo en su lugar mientras frotaba su pene contra ella. Ella no se había molestado con las luces cuando entró, ya la luz de la luna iluminaba la habitación por la ventana del piso al techo. Pero incluso en la semi-oscuridad, los ojos de Pedro ardían con un hambre que hizo que se le apretara la garganta. Manteniéndola quieta, acarició la impresionante longitud de su pene arriba y abajo de su raja. Era tan guapo, tan decidido, simplemente observarlo dándole placer a ambos era casi orgásmico por sí solo—. Te deseo, Pau. Te he deseado desde hace mucho tiempo. Y tú también me deseas.
A punto de llegar, Pau puso sus manos sobre el escritorio y giró sus caderas en ese gran bulto tenso, acariciándolo con su coño. El crudo gemido de dolor de Pedro fue el impulso que la empujó al límite. Gritando, montó las olas de placer que se propagaban a través de sus venas y la mareó.
—Eso es —elogió con voz ronca, meciéndose en ella, haciéndolo terminar—. Ah, cariño. Eres tan hermosa.
Ella se hundió en su pecho mientras la tensión huía. Con el rostro de ella caliente apretado contra su garganta, el olor de su piel era casi abrumadora.
—Oh, Dios mío —se quejó ella, deseando que la tierra se abriera y se la tragara. Lo último que el ego de Pedro necesitaba era su calentón orgasmo.
—Para ti ha pasado un tiempo, ¿no? —Sus grandes manos le acariciaron la longitud de la espalda, calmándola.
—¿No vas a atribuirte el mérito por eso? —Ella no pudo ocultar su sorpresa.
—¿Yo? —Se apartó ligeramente—. Ojalá. Eso fuiste solo tú. Pero el próximo lo pago yo.
Una risa se le escapó en contra de su voluntad y enterró la cara en su hombro para ocultar la sonrisa. Era encantador, nunca lo había negado.
—No va a haber una próxima vez.
Su abrazo fue casi aplastante.
—Lo que tú digas. Realmente me habías engañado. Hasta que vi esa lista de deseos pensé que no te gustaba.
—No se trata de si me gustas o no, Pedro. De hecho, creo que eres un gran tipo, pero...
—Estás buscando a alguien para algo serio.
—En realidad, no estoy buscando a nadie.
—Puedo ser serio. —Ahuecándole la cara entre las manos, usó los pulgares para acariciar sus mejillas—. No hay ninguna razón para que no pueda. Pero nunca lo sabremos si no me das una oportunidad.
—¿Por qué? —Ella lo empujó—. ¿Porque andamos calenturientos el uno por el otro? Estar cachonda no es la base para una relación y yo no quiero ser tu experimento en la monogamia.
—Ahí está —dijo en voz baja, dando un paso atrás para que ella pudiera deslizarse fuera de la mesa—. La mujer exterior que no me quiere, mientras que la verdadera Pau interior sí.
Ella hizo una mueca. La verdadera Pau había aprendido a renunciar a algunas de las cosas que quería. Era un sacrificio que había aceptado de buen grado cuando lo hizo.
—¿Ya terminamos?
—De ninguna manera. Ni de cerca. —Él se pasó la mano por el cabello grueso y brillante.
Lamentó no haberlo tocado cuando tuvo la oportunidad.
—No te corriste, pero no me siento demasiado culpable por eso. Puedes tener a cualquiera de las chicas de la sala de conferencias.
—Vete a la mierda, Pau —dijo bruscamente—. No se trata de echar un polvo y lo sabes.
Ella soltó un bufido.
—Esto se trata por completo de echar un polvo.
De repente él se enderezó, sus ojos se iluminaron con un brillo peligroso.
—Dame un par de días para ir a través de tu lista de deseos. Luego, una vez que hayas vivido tus fantasías, las cuales resultan ser también las mías, podemos volver a los negocios como siempre. Sin toda esta tensión sexual.
—Eso no va a funcionar. —Pero su estómago dio un pequeño vuelco ante la idea.
—Entonces te cambias de oficina de todos modos, como lo planeaste. Pero al menos conseguiste tener sexo salvaje, sudoroso y sucio antes de irte. Si esto es todo acerca de echar un polvo, hagámoslo.
Oooh, era bueno argumentando un caso. Él también sabía que la había tenido desde la palabra "salvaje".
Podía verlo en sus ojos.
—¿Un hotel? —sugirió, resignada. Una chica sólo tenía un tanto de fuerza de voluntad y se enfrentaba con un argumento irrefutable, ¿qué otra cosa podía hacer?
Al menos eso es lo que le dijo su demonio interior.
—Mi casa —dijo suavemente, teniendo la gracia de no regodearse—. Tengo todo lo que necesito para cocinar la cena... —Él le dedicó una sonrisa deslumbrante—, desnudo.
—Oh, Señor... —Se estaba sonrojando, podía sentirlo. Que él supiera sus anhelos secretos era embarazoso al extremo.
Y excitante, lo que era peligroso. Tenía que mantener a los dos separados: al abogado que admiraba y al playboy que quería follar.
—Vamos a mantener esto simple.
Metió la mano en el bolsillo y sacó una hoja de papel doblada. Metiéndosela a ella en la mano, rozó los labios con los suyos.
—No. Has sido una niña buena, por lo que mereces que tus deseos se hagan realidad. —La besó de nuevo y no se le escapó ni por un segundo que él era la estrella de sus sueños sexuales.
—Vamos, Pau, juega. Va a ser divertido.
Divertido. Los tipos como Pedro siempre se estaban divirtiendo.
—Esta son las indicaciones de cómo llegar a mi apartamento. Voy a estar esperando.
Pedro supo el momento exacto en el que Pau lo comprendió. El rubor se extendió desde la baja V de su blusa de seda verde azulado y después coloreó sus mejillas.
¡Por fin! Después de casi un año de coqueteo del que no obtenía nada más que la inconveniente erección ocasional, estaba recibiendo lo que realmente quería para Navidad: la oportunidad de demostrar que él era el hombre para ella.
Ojalá pudiera decir que fue su encanto el que persuadió a Paula, pero ese no era el caso. No, él había tenido que esperar a que el destino interviniera y deslizara el nombre de ella en su mano para el sorteo anual del Santa Secreto de su bufete de abogados. Había abierto la hoja de papel doblada, visto Paula Chaves y sonreído como un idiota.
Por alrededor de un segundo.
Entonces se dio cuenta de que no sólo tendría que salir con un gran regalo, sino un gran regalo que ella tendría que compartir con él, y no con uno de los otros babosos mujeriegos de alrededor de su firma. Había caminado a través de interminables centros comerciales abarrotados, navegado por un centenar de sitios de compras en línea, interrogado a cada una de sus ex novias y parientes femeninas; todo fue en vano. Ellas no podían entender por qué simplemente no le pedía salir a Paula, en lugar de tratar de planear algo complicado para hacer su punto.
La respuesta era muy simple. Tenía la reputación de ser un mujeriego. Ella había oído hablar de eso y no quería tener nada que ver con él a causa de ello. Así que ir directo a pedir una cita no iba a funcionar.
Tenía que demostrarle primero que hablaba en serio.
La reticencia de Pau no era una experiencia nueva para Pedro. La mayoría de las mujeres que eran amigas estrictamente platónicas eran la que habían dejado en claro que estaban buscando al Sr. Perfecto.
No al Sr. Ahora Mismo1. Empezando en la secundaria, Pedro había aprendido a dar la imagen de “no voy a sentar la cabeza” bastante bien. No es que no hubiera tenido relaciones comprometidas.
Las tuvo. Simplemente no del tipo de compromiso de para siempre.
Así que había tratado de respetar el obvio desinterés de Pau, pero la insistente ansia en sus entrañas no se iba. La quería; quería ese cabello largo y oscuro alrededor de su puño, quería a esos ojos castaño oscuro ardiendo con lujuria, quería ese cuerpo exuberante y curvilíneo fuera de los trajes de negocios y arqueándose desnudo debajo de él. Y a pesar de que sabía que nunca iba a suceder, Pedro no podía dejar de soñar con eso.
Pau era preciosa, con una hermosa constitución, segura e inteligente. Conocía sus activos y los mostraba. Ella también conocía su valor y quería a un hombre que lo hiciera. ¿Qué le había dicho a él una vez?
Cualquier hombre que tiene un pie firmemente plantado en la puerta en realidad nunca entra.
Pero él no era un novio del tipo casquivano. Él cuidaba malditamente bien de las mujeres con las que salía.
Prestaba atención a lo que les gustaba y a lo que no. No era tan difícil.
Sólo requería de un poco de esfuerzo, y Pedro disfrutaba haciendo ese esfuerzo. Disfrutaba viendo su sorpresa cuando se acordaba de su autor favorito, su canción favorita, sus lugares favoritos para ser tocada y acariciada.
Debido a esto, la mayoría de sus ex novias todavía eran sus amigas.
—Estás mirando fijamente —bromeó una suave voz a su lado.
Apartó la mirada de los ojos abiertos como platos de Pau para mirar a la mujer a su lado.
—Parece que le gustó tu regalo —dijo Amanda con una sonrisa cariñosa—. ¿Por qué yo nunca obtuve fotos de ti desnudo cuando estábamos saliendo?
—Nunca las pediste.
Paula tampoco lo había hecho, al menos no en el sentido verbal. Él se había estado quedando a altas horas de la noche trabajando en sus horas cobrables. El objetivo era doble: conseguir un amortiguador decente para el tiempo de vacaciones del trabajo y también para olvidarse de cómo no podía encontrar ni una maldita cosa para darle a Pau que metiera su pie en su puerta. La estratagema no funcionaba, por lo que se había puesto de pie y comenzado a pasearse por el pasillo que formaba un anillo alrededor del escritorio central de la recepcionista y los ascensores.
Fue entonces cuando eso le llamó la atención. La pequeña bola arrugada de papel perdida o dejada caer por el equipo de limpieza nocturna. Estaba acuñada junto a la pata de madera pulida de su sofá de la sala de espera. La había recogido con la intención de tirarla cuando un poco de rojo y verde le llamó la atención. Pau había estado usando una linda libreta pequeña con forma de calcetín desde el primer día del mes. La Navidad era, obviamente, una de sus fiestas favoritas, si el pequeño árbol adornado en su escritorio era alguna indicación. Él supo al instante que el trozo festivo de basura una vez le había pertenecido a ella y tuvo un nuevo significado sólo por eso.
Así que sintiéndose un poco culpable, pero incapaz de ayudarse a sí mismo, Pedro abrió el trozo de basura...
Y él le había estado dando las gracias a sus estrellas de la suerte desde entonces.
En la parte superior del papel de rayas estaban las palabras Lista de Deseos, en una letra diseñada para parecerse a los garabatos de un niño. Debajo de eso estaban las letras hermosamente formadas que reconoció como la letra de Pau.
Mamá: nueva panificadora
Papá: pesca en alta mar
Sam: tarjeta de regalo
Y entonces ella había tachado esa lista y comenzado una nueva.
Mi lista de deseos: (traviesa)
Pedro Alfonso desnudo y envuelto en un lazo.
Pedro besándome hasta dejarme sin sentido.
Pedro cocinándome la cena desnudo (así puedo mirar su culo)
Chupándosela a Pedro. (Mmm)
Pedro lamiéndome. (Doble mmm)
Follar a Pedro hasta que ya no pueda caminar. (¡Oh Dios mío!)
El impacto de esa lista lo había golpeado tan fuerte que había tropezado con el sofá cercano.
Había entendido entonces que Paula le había estado engañando todo el tiempo, al igual que lo haría con un jurado. Actuando como si no le afectara cuando ella estaba realmente tan caliente por él como él lo estaba por ella.
Ninguna mujer tenía esos detallados pensamientos sexuales acerca de un chico del que no estaba totalmente interesada.
Obviamente, ella había estado pensando en él durante un tiempo.
Imágenes inspiradas en sus palabras llenaron su mente. Su polla se hinchó y él se preguntó cómo iba a lograr volver a su oficina y mucho menos al garaje, dieciocho pisos más abajo.
No tenía que haberse preocupado. Su siguiente línea temblorosamente escrita le quitó todo el calor y lo dejó frío.
Mi lista de deseos: (Buena)
Olvidarme de Pedro Alfonso o transferirme.
En ese momento había descubierto dos cosas. Uno, no importaba lo mucho que ella quisiera su cuerpo, ella todavía no quería tener nada que ver con él. Hasta el punto en que estaba considerando la posibilidad de transferirse a otra oficina de su empresa al otro lado de la ciudad.
Dos, la idea de no verla casi todos los días lo golpeó como un puñetazo físico. Demasiado doloroso como para que su interés fuera meramente casual. Se había dado cuenta entonces de lo que el nudo en sus entrañas estaba tratando de decirle.
En algún lugar a lo largo del camino, el deseo puramente sexual que sentía por ella se había convertido en algo más.
Tal vez había pasado cuando habían trabajado en ese último caso juntos y ella se mantenía maravillándolo con su cerebro. O tal vez fue cuando ella había llorado durante un veredicto y no había intentado esconderse de él.
Fuera lo que fuera, estaría condenado si su pasado se interpusiera en el camino de lo que ambos querían.
Esta Navidad, el no tan santo Pedro se estaba asegurando de que todos los deseos de Paula Chaves se hicieran realidad.
1 N. de T: Juego de palabras. Mr Right (Sr. perfecto) y Mr. Right Now (Sr. Ahora Mismo).